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miércoles, 21 de mayo de 2008

El síndrome de los ocupados

Por Margarita García del Diario Crítica

Para mí sigue siendo un misterio que la gente ocupada pueda ocupar su tiempo en decir que está ocupada. Últimamente me suele pasar que hablo con alguien y me cuenta largamente lo ocupado que está, y no sólo eso, sino que se esfuerza en detallar la cantidad de tareas que lo ocupan: “Tengo cuatrocientas mil cosas que hacer: entregar un reporte, sacar al perro, comprar lechuga, pagar el gas...”. Y a mí me entra angustia ajena, porque no se pueden tener cuatrocientas mil cosas que hacer sin querer matarse. Ya sé, me dirán que ese tipo de cosas se dicen en sentido figurado, pero no, porque la gente que cree tener cuatrocientas mil cosas que hacer actúa como si tuviera cuatrocientas mil cosas que hacer. Ayer tuve una discusión al respecto con un amigo que no veía hace mucho y que no veré en el mediano plazo, supongo. Se molestó cuando le dije que escribiría sobre esta pobre gente que padece el síndrome de ocupación extrema. “¿Vos no tenés nada más qué hacer?”, me dijo. Él piensa que yo me la paso boludeando, y no lo culpo: doy esa impresión. De hecho, me llegan algunos correos de gente preocupada por llenar mi tiempo libre con temas serios para tratar en esta columna: “Señora Margarita, habiendo notado que no tiene usted mucho qué hacer, querría ponerla al tanto de este asunto para que lo exponga en La Ciudad de la Furia...” Y entonces me hablan de la inseguridad y de los travestis del Rosedal. Pero el tema es otro, es esta gente ocupadísima que no se da cuenta de que es generadora importante de estrés, por no hablar de frustración. Porque es legítimo preguntarse que si hay alguien que tiene cuatrocientas mil cosas que hacer en la siguiente media hora, por ejemplo, qué nos queda por hacer a los demás. ¿Cuántas cosas se pueden hacer en media hora? Seguro que no más de cuatrocientas mil. Traté de explicarle eso a mi amigo, pero no parecía muy atento, los ojos le bailaban como el pajarito del reloj cucú. “Los ojos te bailan como el pajarito del reloj cucú”, le dije. “¿Cómo quién?”, dijo él con cierta irritación, la ceja izquierda le temblaba. Entonces descubrí que él también estaba enfermo y, con mucha pena, tuve que huir, porque dicen que ese síndrome no sólo es incurable, sino altamente contagioso.